Ese es el quid de la cuestión, a fin de cuentas. No se sabe lo que pasará si derribamos los muros, no se puede ver lo que pasará al otro lado, no sabemos si eso traerá la libertad o la ruina, la solución o el caos.
Puede ser el paraíso o la destrucción. De otro modo viviremos encerrados en el miedo, elevando barricadas contra lo desconocido, rezando contra la oscuridad, pronunciando versículos de terror y rigidez.
De otro modo, puede que nunca conozcáis el infierno, pero tampoco conoceréis el cielo. No conoceréis el aire fresco y la sensación de volar.
Todos vosotros, donde quiera que estéis, en vuestras ciudades caóticas o pueblecitos. Econtrad la fortaleza que hay en vuestro interior, en el punto donde el metal se fisura, las esquirlas de piedra que os colman el estómago. Os propongo un pacto: yo lo haré si lo hacéis vosotros, por siempre y para siempre...
Derribad los muros.
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